Nicholas Britell – Vice (2018)

Probablemente una de las frases que más me ha marcado del cine, es la defensa de Jack Nicholson en “A Few Good Men” en la famosa escena “You Can’t Handle the Truth!”. Ahora, el diálogo que me conmueve no es precisamente ese desesperado grito de quién se vio quebrado frente a un tribunal, sino aquel monólogo que viene después encarando al personaje de Tom Cruise: no voy a aceptar que alguien que duerme bajo la libertad que yo le proveo, venga a criticar la forma en que la hago. Esa fue precisamente la postura de Dick Cheney cuando le tocó asumir responsabilidad política por su rol en el gobierno del Presidente Bush hijo (2001-2009) y que refleja a cabalidad la personalidad de quien, para muchos, fue el verdadero artífice de políticas como la invasión a Irak o la Guerra en el Terror, pergaminos que precisamente justifican haberle dedicado la nueva cinta de Adam McKay, un ya experto en cine político tras la notable “The Big Short”, que comentamos hace unos años.

Si bien la cinta pone el foco en las grandes discusiones políticas de la era Cheney, lo cierto es que es sincera desde un comienzo al advertir que las consecuencias de políticas públicas así de agresivas las termina pagando los ciudadanos de a pie. Personas que no tienen un rostro reconocible y que la música de Britell reconoce en “Vice – Main Title Piano Suite”, un delicado piano que teje su ritmo de manera sutil y callada. Un juego doble en el cual Cheney era un maestro, pues era capaz de mostrarse con un determinado rostro en público, para luego, en la interna (y en especial con su mujer Lynne o con su gabinete cercano), mostrar sus verdaderas ansias de poder. Esto es, en el fondo, el juego de la política al que los Estados Unidos acostumbran a sus ciudadanos. Un tira y afloja de poder, de cómo mostrarse en público, y que en la cinta destaca en las reuniones formales. Cuando Lynne le dice a Cheney “la mitad de la sala quiere ser nosotros, y la otra nos teme” (escuchar el tema “The Other Half Fear Us”), es precisamente con el tema principal, lo que nos dice que en cada de segundo había algo en juego y cada paso que Cheney daba lo terminaríamos pagando todos. ¿Estuvo nervioso Cheney en algún momento? Creo que no. Por lo mismo, su forma de ejercer política era una del total control, control que incluso no se perdía en los momentos más bélicos como las operaciones militares, donde se ve más seguro pero no por eso menos “controlado”, como “Major Combat Operations Have Ended”.

Una apuesta curiosa en la música de Britell es la de no dotar de temas musicales reconocibles a los demás protagonistas, quizás con excepción de Donald Rumfeld en un comienzo, a quien la música y el guión muestran como un verdadero animal político, de esos con credenciales que especialmente animan a los nortemaericanos (experiencia militar). ¿Su virtud? No usar el poder político como herramienta de golpe masivo, sino como un arma de destrucción menor pero directa. “Master of the Butterfly Knife”, un tema totalmente setentero, que lo deja como justiciero aunque en el fondo era y fue siempre un verdadero operador. Ahora esta opción musical narrativa cobra todo sentido cuando vemos y construimos a Cheney, un lobo que le gustaba jugar sólo o con un círculo cerrado. Por eso, su “poder” musical es precisamente prueba de cómo actuaba Cheney, pues cuando Rumsfeld empieza a servirle cada vez menos, y empieza a formar su protagonismo de manera propia, se queda incluso con su música (“Taking Over The Damn Place”). Cheney parecía ayudarte pero en el fondo, se dedicaba a construir su camino (o asegurarlo al menos), lo que la banda sonora da a entender a cabalidad.

Por lo mismo, el tema que mas me gusta de Cheney es el que el compositor muestra en “Conclusion: The Transplant” y el que demuestra que Nicholas Britell llegó para quedarse, dando nuevamente un cierre magistral con un réquiem de casi 8 minutos a su historia. Hablamos de aquel que suena mientras Cheney, el ser humano (si había algo de humanidad tras él), es totalmente superado por el Cheney político al traicionar la línea que incluso él mismo había asegurado era de concreto (la orientación sexual de su hija). Se trata de Una orquesta completa donde todas las piezas empiezan a jugar unas con otras y donde, en pantalla, Cheney no emite palabra alguna. Es la música de Britell la que toma su voz mientras McKay, el director, le enrostraa sus decisiones en materia de guerra, la traición a Rumsfeld, lo que hicieron con la carrera política de Powell, y las cosas que vinieron mucho después incluso: hijos de inmigrantes enjaulados, tiroteos en escuelas, de los cuales es directa e indirectamente responsable, etc. Todas decisiones repudiables. Todas por mantener su nivel de poder. Esa fue precisamente la virtud de Cheney: actuar desde las tinieblas, como un fantasma tras bambalinas. Este tema musical ya apareciò en un comienzo de la cinta, en la decisión política más grande de Cheney (“He Saw An Opportunity”), precisamente porque la música lo que nos dice es que Cheney se movía en silencio pero siempre atento a tener una oportunidad donde sobresalir. En el atentado a las torres gemelas, la opción de ser el Vicepresidente más poderoso de la historia; en entregar a su hija a la destrucción política, la posibilidad de inmortalizar su apellido, etc.

 

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