Adan Jodorowsky – La Danza de la Realidad (2014)

Jodorowsky siempre nos sorprende con la música de sus películas. Desde la banda sonora que él mismo compuso en “El topo” o “The Holy Mountain”, a la de Jean Busy en “The Rainbow Thief”, o la cooperación musical de Jean-Claude Petit, Guy Skornik y Martin St. Pierre en “Tusk”,  el resultado siempre ha sido el mismo. Este 19 de junio, día que se estrenó “La danza de la realidad” en Chile, los resultados siguieron esa norma. El nuevo proyecto de Jodorowsky está musicalizado por su hijo Adán, más conocido como Adanowsky, y esto es lo que podemos comentar al respecto.

Mucho se hizo esperar Jodorowsky. No hablo sólo de los 23 años desde su anterior producción (“The rainbow thief” en 1990), sino también del año que tuvimos que esperar desde la presentación de “La danza de la realidad” en la Quincena de Realizadores durante Cannes 2013. Hablamos de un proyecto que se maquinó en el máximo de los secretos, tanto así que poca gente en Chile supo que se grababa esta producción en Tocopilla salvo los mismos habitantes que no podían estar indiferentes a tal carnaval de colores. Eso debe interpretarse como un castigo a nuestro país que no supo financiar una película que llevará a este pequeño pedazo de tierra a recorrer el mundo entero. Basada en páginas específicas del libro del mismo nombre, en especial el primer capítulo, “La danza de la realidad” cuenta la infancia de Alejandro (Jeremías Herskovits) en su especie de prisión que fue Tocopilla, cómo la figura de su estricto padre Jaime marcó su personalidad (interpretado magistralmente por Brontis, hijo de Jodorowsky), y el rol sumiso que muchas veces jugó su madre en casa (Pamela Flores). En suma, Jodorowsky nos muestra la esencia misma de su persona, nos entrega su alma al transparentar su afán por complacer a su distante padre, explicando de paso cómo se moldeó una de las personalidades más multifacéticas, nos guste o no, de la actualidad.

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“La danza de la realidad” es una película llena de símbolos. Creo que los 2 temas centrales en ella son la lucha (o danza) entre realidad e imaginación, y segundo, en un plano menor, la constante aparición del sufrimiento y el placer como conceptos inseparables. Piensen en el placer que le genera la felicidad de las gaviotas al ver las sardinas varadas, pero la tristeza al mismo tiempo por la suerte de ellas. Esta dualidad se muestra también en una de las escenas más tristes de la infancia de Jodorowsky, la muerte de Carlitos. Todo comienza con Alejandro y sus hermosos zapatos nuevos (mucho más linda la adquisición de ellos en el libro). Zapatos de color rojo, le permiten saltar y casi volar. Jodorowsky recorre las calles de Tocopilla mientras suena “Shoes Dance”, una canción alegre con claros tintes circenses y de charlestón de los 20’s. Esa realidad es muy contrastada a la de Carlitos, quizás el compañero más pobre del curso de Jodorowsky, integrado en su totalidad por hijos de mineros. Por eso, cuando Carlitos, que en su tiempo libre se dedicaba a lustrar zapatos (incluso de Jodorowsky), le dice que nunca tendrá unos zapatos así, Alejandro no duda en dárselos. Carlitos, de emoción, se dirige al mar, donde tropezará por la suela de goma de los zapatos, ahogándose. Esto demuestra que  todo en la vida, no sólo de Jodorowsky, es una itinerancia constante entre consuelo y sufrimiento, sufrimiento que se plasma en “Carlito’s Death”, canción tan triste como “Jaime and Bucéfalo”, que es una variación del tema de los zapatos.

Escenas como esta nos muestran que estamos ante una película llena de actos psicomágicos que hacen homenaje a su director. Otros ejemplos trascedentes, a mi juicio, son la reunión de los comunistas con los transformistas, el llamado de Alejandro niño a su padre con una piedra, o incluso, la actuación de su hijo Brontis como su padre (el mismo hijo que participó en “El topo” hace más de 40 años). De esta forma, como dice Jodorowsky, la película pasa a formar su propio ser, un ser infinito que habla por sí misma a través de este y otros símbolos. Un acto tan psicomágico como los que aparecen en la trama es la inclusión de su hijo Adán –Adanowsky- en la banda sonora, y por eso he esperado a este momento para hablar de él. Tan multifacético como su padre, ha dedicado su  vida a la actuación (recuerden su personaje en Santa Sangre), la dirección y la música. Es en este rubro donde ha obtenido más reconocimiento, en especial por su disco en nuestro idioma llamado Amador (2010), y en “La danza de la realidad” personifica además al romántico anarquista que ayudará a Jaime en Santiago, y que nos entrega una de las más cómicas escenas con su discurso de despedida: “no quiero vivir en un mundo de perros disfrazados”.

adajodoLa banda sonora de “La danza de realidad” tiene tantos colores como todo lo que rodea a Jodorowsky. La canción más aclamada, hasta ahora, es “Los mineros”. Excluyendo, lógicamente, las canciones cuyos títulos hacen referencia a nombres, es la única en todo el disco cuyo título está en español. Sin dudas es una referencia a que pocos países sienten la actividad minera tan propia como Chile, y son todavía menos los países donde la minería se practicaba en condiciones tan denigrantes como lo era en nuestro país. El piano y los violines se presentan en la medida que los mineros bajan del cerro en condiciones precarias, muriendo algunos en el camino, y son recibidos con los brazos tan cerrados como lo fueron los enfermos en “El topo”.  Tan hermosa como “Los mineros” es “Aquilles”. Curiosamente el nombre está escrito en spanglish. En un comienzo lo interpreté como un error de tipeo, pero llegué a dar con una columna en Wikén de El Mercurio que habla de la escena y no de la canción, que me permite darle otra interpretación. “Aquilles” suena cuando Aquilés (Andrés Cox), el cuidador de Bucéfalo, el caballo de Ibáñez, decide dar por cumplida su tarea y le pide a Jaime que lo entierre. Momentos antes, se cambian de ropa en una emotiva escena, dónde Jaime le dibuja bigotes como si estuviera despidiéndose de una parte de sí mismo. Esta sección del film (la de Jaime en Santiago buscando matar a Ibáñez), que es la novedosa en comparación al libro, fue interpretada el viernes por Antonio Martínez  como un mensaje casi póstumo de Jodorowsky, quien nos deja esta película como quien deja el poncho, la chupalla y otras pilchas. Complementando, es la forma de trascender del director, donde cada ropa viene a ser una faceta artística de Jodorowsky. En ese sentido, “Aquilles” puede verse como la mezcla de “Aquiles” y “Achilles”, es decir, como una referencia a la unión de distintos mundos.

Esta película nos sirve mucho para comprender que el soundtrack, aunque muchas veces hasta yo lo confunda, no es lo que contiene el disco que sale a la venta después. El soundtrack es la música que vez en pantalla. Por eso la idea de esta columna también es la de redimir al figura de Pamela Flores, soprano chilena que interpreta en el film a la madre de Alejandro, Sara. La película no tendría ningún sentido sin su presencia. Como nos cuenta Jodorowsky en el libro, todos los recuerdos de su madre eran de ella cantando, pues ella soñó toda su vida con cantar en la ópera. Jodorowsky decidió darle este regalo a su madre, una especie de vida eterna, exagerando su canto diario con una canta lírica talentosísima, que además le otorga una aspecto teatral indudable a lo que vemos en pantalla. Confirma esto que “La danza de la realidad” es una película muy personal de Jodorowsky, pues si miramos en detalle, a través de ella se reconcilia con la figura paterna, consagrándolo por momentos como héroe y mostrándolo con gestos humanos notables que hacen olvidar su lado violento, lo que se logra en especial con la canción “José” y su interacción con Bucéfalo. Además, de cierta manera, “explica” su infancia (la palabra se queda muy corta), y se funde en un abrazo eterno con su madre, demostrándonos que el pasado sí se puede cambiar.

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Por esto, el personaje de Jaime es sin dudas el más intenso de la película, pero no por ello el más difícil de construir. Este es el de Sara. Sólo alguien como Pamela Flores, además de su parecido físico, podía plasmar quizás el aspecto más mágico de la infancia de Jodorowsky. Su elección me recuerda mucho a lo que pasó con “Cloud Atlas”, la película de los hermanos Wachowski con Tom Tykwer del 2012. En ella, un desafío importante eran los efectos especiales y de maquillaje que coordinan las historias paralelas de su trama, pero otro desafío todavía más importante era el de poder concretar la canción “The Cloud Atlas Sextet”, que es la sustenta todo el libro. Pese a la crítica negativa de la película, el desafío musical fue superado con creces, tanto como acá, donde Pamela Flores nos entrega una interpretación increíble en la mayoría de las escenas. Esto hace que el soundtrack de “La danza de la realidad” sea mucho más que el trabajo de Adanowsky. Esta idea es confirmada con la canción de los mineros mutilados momentos antes de ser enfrentados por Jaime, que tampoco forma parte del disco y es vital en la película (y vida) de Jodorowsky. “La dinamita no es tierna, nos acaricia a pedazos” cantan, en una clara alusión a las condiciones de Chile tras la crisis de 1929 y la explotación del hombre por el mismo hombre.

Debe haber 3 tipos de espectadores de “La danza de la realidad”. Primero, los que no han visto la filmografía de Jodorowsky pero se han acercado a él a través de sus libros. Para ellos, la experiencia surreal de la película no será para nada desconocida. Su amor por Jodorowsky crecerá al encontrarse con la gran capacidad creativa en lo visual del chileno. En segundo lugar, están los que habiendo visto sus trabajos, jamás han leído un libro de Alejandro. Ellos, en “La danza de la realidad”, obtendrán una serie de explicaciones a tópicos tan relevantes en la filmografía de Jodorowsky como son la discapacidad (multilaciones), la religión, la relación con el padre, el trabajo de la zona genital y desnudos, entre muchos otros. Sólo piensen en la innumerable cantidad de similitudes con “El topo”. Finalmente, y en tercer lugar, deben estar los que se han leído todo de Jodorowsky, y han visto todas sus películas. Ellos más que nadie disfrutaran el relato de “La danza de la realidad”. Jodorowsky es de esos artistas que si te atrapa, no te suelta. Pero es curioso que Jodorowsky haya señalado públicamente que no hizo esta película para ellos, lo que sin dudas debe dolerles. La hizo para crear otro público, y en ese sentido, es su propuesta más convencional (con mucha influencia de sus productores). Quizás eso hizo que se demorara tanto en embarcarse en este proyecto. O quizás fue un dejo de timidez, al ser un relato tan personal con alto impacto emocional. En beneficio de todos, esperemos que no pasen 33 años hasta su próximo largometraje (al parecer una especie de secuela de “El topo” llamada “Abel Caín” ya está en producción). Lo importante es saber que si Jodorowsky muere mañana, este es su testamento, pero si su vida continúa, es sólo un retorno momentáneo. Estas son palabras de él, no mías.

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