Max Richter – Waltz with Bashir (2008)

De vez en cuando llegas a esa película que te marca profundamente. Que esa película, mágica como pocas, venga de la mano de una banda sonora  que se vuelva inmediatamente tu favorita, es algo que ocurre una vez en la vida. Eso me pasó hace un par de años con “Waltz with Bashir”, del israelí Ari Folman, donde el propio relato del director colorea un documental que es un desgarrador mensaje de arrepentimiento y culpa, todo de la mano del sutil trabajo de Max Richter en la música.

El 2008 nadie en el mundo del cine quedó indiferente al proyecto de Ari Folman. “Waltz with Bashir” era un hermoso documental animado, protagonizado por su propio director, donde relataba (o al menos intentaba relatar), su experiencia como miembro de las Fuerzas de Defensa Israelí durante la guerra del Líbano en 1982. Pero el impacto de Folman es una alpargata al lado del impacto que generó la noticia en que se basa Waltz with Bashir. El 16 de septiembre también del 82, el mundo se estremecía con la noticia de la masacre de Sabra y Shatila, donde la milicia Cristiana Libanesa invadió un campo de refugiados palestinos en Beirut, asesinando a su paso a 3500 civiles, en un acto que la ONU no dudó en tildar de genocidio.

¿Cuál es la responsabilidad de Folman en dicha masacre? En un comienzo de la película, ni él mismo lo sabe. De su ignorancia se da cuenta luego de reunirse una noche del 2006 con un veterano de guerra llamado Boaz Rein-Buskila, quien desvelado le cuenta su imposibilidad de conciliar el sueño. Bajo la primera canción notable del disco, “Boaz and the Dogs”, le reconoce a Folman ser perseguido por la misma pesadilla una y otra vez. Una serie de perros agresivos que le ladran sin cesar desde debajo de su departamento. La explicación es lógica. Durante la intervención israelí en El Líbano, Boaz estaba a cargo de asesinar a los perros de las aldeas para que estos no alertaran la presencia de soldados a los civiles. Esto da lugar a la gran pregunta de la película. ¿Por qué Ari Folman no tiene ningún recuerdo de su paso por Beirut, pese a saber que estuvo a 200 metros de la masacre de Sabra y Shatila?

Esa misma noche, Folman tiene un sueño revelador. Por primera vez en 20 años vino a su mente un recuerdo de la guerra del Líbano. En él, Folman estaba bañándose en una playa de Beirut con otros 2 jóvenes soldados, cuando de improviso desde el cielo comienzan a caer una serie de bengalas. Esto llama la atención de Folman, quien decide adentrarse en la masacrada Beirut, encontrándose en su camino con una serie de mujeres y niños que huían espantados. La pieza musical de fondo es hermosa. Max Richter en apenas 2 minutos nos mete en el denso sueño de Folman con “Haunted Ocean Pt. 1”, una canción que conmueve y transmite cabalmente el desconcierto que para el director significó este sueño, con un violín que al final de la película desgarra. “Haunted Ocean” aparece 5 veces (5 versiones distintas del mismo tema) en el disco, y si bien todas son rescatables, la Pt. 1 y 5 son sin dudas las más conmovedoras. En sus manos dejó elegir cuál les toca más esa vibra especial.

AriFolmanEste sueño generó en Folman una necesidad imperiosa de conocer la verdad. No quiero aventurarles mucho, pero desde acá la trama se vuelve un verdadero espiral de descubrimientos que sorprenderán a nuestro director de tal forma, que llegará a cuestionarse la necesidad de destapar sus peores recuerdos. De cierta forma, por algo olvidó Beirut, y en especial ese fatídico 16 de septiembre, ¿no?  Acá entra en juego una de las primeras interpretaciones del nombre de la película. Folman comenzará a interactuar son su memoria como si bailando un vals con sus recuerdos estuviera. Y en esta danza la música de Richter es fundamental, tanto así que muchos han dicho que sin ella (la música), haber traspasado la historia de Folman a la pantalla no habría sido posible. Este rol activo en lo narrativo, insisto, queda demostrado especialmente en el sueño de Folman y “Haunted Ocean”.

Este narrador musical, Max Richter, es un músico británico de mucho talento pero no tanto reconocimiento. En su carrera, sin duda, ha faltado una película con mayor circulación o que estuviera mucho tiempo en cartelera. Pero lo que es su flaqueza, también es su virtud. Lo digo porque su trabajo, siempre fino, es de altísima calidad, y no pasa desapercibido para quienes buscamos buenos soundtracks. Ejemplos sobran, pero se trata siempre de películas que pocos han visto. Waltz with Bashir es su obra cumbre, y por ello le significó un centenar de premios, los que siempre reconocen la forma arriesgada en que Richter transmitió la humana pero quizás incómoda verdad de Folman. Un ejemplo de ello es “JSB – RPG”, donde mezcla piezas del concierto N° 5 de Bach (de ahí JSB) con una fuerte escena donde niños libaneses disparaban RPG contra las fuerzas israelís. Parece ridículo sin ver la escena, pero pega como cemento y cal. Bach y RPG pueden ser uno para Richter.

Si logro convencerlos de ver Waltz with Bashir, les aseguro que será un documental que los tendrá pegados a sus asientos por hora y media. Es un trabajo muy, muy elaborado. Piensen. El ping-pong de descubrimientos, unos más duros que otros, exigían música en sumo versátil. Buen montaje en pantalla, excelente y dramática historia, magistral música. En cuanto a esta última, que es lo que a veces olvido que nos convoca, puedo decirles que otra carta segura es “Any minute now-thinking back”, que se adecúa mejor a las escenas de guerra con su base más electrónico y los siempre bien recibidos violines que tanto estilo aportan.

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El disco es humano como el film. Todo lo negativo que genera la guerra está plasmado tanto ahí como en pantalla. La violencia de las alucinaciones y delirios, las generaciones perdidas, las culturas que llevan en conflicto por siglos, etc. Escuchen para ello “Into the airport hallucination”, donde Folman  trata de desconectarse de su cruda realidad y soñar despierto, imaginando que aborda vuelos a Paris, Londres o Nueva York, abstrayéndose incluso del destruido aeropuerto de Beirut. La música, una verdadera cajita musical de piano (melodía que se repite en “Andante – Reflection (End Title”), se transforma dinámicamente en una pieza electrónica que le recuerda la vorágine de la guerra.  Y así, otras piezas maestras (no exagero). “Iconography”, “Shadow Journal”, etc.

El mensaje es claro. Como el síndrome de la guerra de Golfo, Folman, y mucho de sus compañeros, fueron capaces de crear una coraza que les impedía ver lo que hicieron, pese a que el reproche que podríamos hacerles al terminar el film es bajo (niños de 19 años, con órdenes del alto mando, presionados por una sociedad violenta, etc.). Un ejemplo (grotesco) de ello, es la escena donde recuerdan como fueron emboscados en una calle de Beirut, bajo fuego cruzado. La distorsión es tal, que Folman recuerda haber visto a su compañero Shmuel Frenkel escapar de las balas bailando vals por las calles, mientras un periodista caminaba como Superman de una forma que ustedes o nosotros lo haríamos por un parque. Nadie en su sano juicio creerá que esto es verdad, y así el nombre de la película es una caricatura de la vergüenza que la genera el nivel de distorsión al que llegaron. Esta segunda explicación del título sin duda es la que más convence.

A veces, como reconoce Folman, el cine puede ser terapeútico. En los libros de historia u organizaciones gubernamentales quedará la discusión si estuvimos ante un acto de genocidio, o qué responsabilidad le cabe al estado israelí como cómplices pasivos de la masacre, en especial a Ariel Sharon. Pero el mensaje es claro. Había una forma de cerrar el ciclo, y era perdonándose. Porque muchas veces no basta ser perdonado si internamente no hay perdón. Y en Folman había una herida que sangraba día a día, pues sus bengalas mataron tanto como las balas, Folman necesitaba gritar a los 4 vientos perdón. Waltz with Bashir es su expiación. ¡Esto es cine, señores!

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